Tuesday, May 09, 2006

¿Con quién voy al matrimonio?

Ya se me habían olvidado estas situaciones incómodas. Ya con varios años afiliado a esta Isapre, las cosas parecían estar andando bien. El que tenía que saber, sabía, el que no, no. Así de simple. Y con la facilidad de que mi familia vive en provincia (aunque saben), y mis amigos de universidad que los veo tarde, mal, y nunca, todo iba viento en popa. Claro que con tormentas de vez en cuando, pero todas dentro de este ambiente.

Y la voz en el teléfono no la reconocí. “Soy yo, el Toño”, escuché, con un sonsonete medio gangoso y con esa risa que me llevó de inmediato a esos años de infancia. “Oye, juntémonos con el Antonio que les quiero contar una cosilla”. Y ahí recordé quién era y cómo hablaba. El Toño era un amigo del colegio de curas donde estudié. Eramos tres los que nos juntábamos más (en realidad éramos siete, pero los otros se perdieron en el camino) y Toño era de los típicos hombres que pololean AÑOS con sus pololas. Con su polola actual, ya llevan 6 años. Me preguntaba dónde m… había conseguido mi número.

Y un jueves en la tarde me encontré comiendo en el depto. de Antonio y viendo como Toño nos entregaba los partes de matrimonio. “Ya era hora”, fue lo único que alcancé a decir. La ceremonia en la capilla del colegio y la recepción en el único centro de eventos de Quillota, me parecieron demasiado. Justo cuando veo la fecha. ¡El día de mi cumpleaños!. Más encima tenía que embarrarme la fiesta. “No pueden faltar”, dijo, con una cara de cordero degollado. “Es importante para mí que ustedes estén ahí”, recalcó. Antonio parecía super entusiasmado, y el recuerdo de aquellos años y la sana entretención de entonces, me terminaron por convencer. “Por supuesto que voy”, le dije.

Llegué a mi casa, aún recordando los años de colegio, el amigo que me gustaba, y las varias pololas que tuve. Nada mal. Tengo buenos recuerdos. Llamé a mi vieja para contarle. “El Toño se casa”, le dije. “¿Con quién?”, “con la hija de fulanita de tal, la dueña del centro de belleza”, “ah, ¿y con quién vas a ir?”.
Me quedé helado.
Silencio.

Esa noche empecé a pensar en mi situación. ¿Con quién c... voy al matrimonio?. Tengo un par de buenas amigas, pero están muy lejos, y otras están de vacaciones, y convencerlas a viajar, más encima por un matrimonio de alguien que ni conocen, ni hablar. Y entonces empecé a pensar, ¿por qué m… tengo que llevar a alguien?. Bueno, la respuesta era simple. Porque no me quiero aburrir, por supuesto. Ni pensar en pasar la noche bailando con las hermanas solteras de Toño o con una tía de la novia. Luego pensé, ¿y por qué tengo que llevar a una mina como pantalla y por qué no mejor llevo algún amigo?. La respuesta también era simple. Primero, que si convenciera a algún amigo a que fuera (tendríamos que ir con un par de whiskys encima para adquirir la seguridad de confrontar cualquier situación homofóbica) seríamos la comidilla de la fiesta. Y además mi vieja una vez me dijo: “La novia tiene que ser el centro del matrimonio, es su día”. Puede que no sea para tanto, pero es cierto que es el día del matrimonio del Toño, y por mucho que me dé lo mismo mostrarme como soy, todo el mundo recordaría el evento por “los maricones” y no por los novios. Y por muy “maricón” que yo sea, Toño es mi amigo.

¿Con quién más puedo ir?. Pensaba y pensaba, intentando repasar mi lista de amigas. No, la Noriko está en Mexico, la Paulina en San Pedro, la Pamela en Aysén y la Carmén Gloria, recién tuvo guagua. Después recordé a una antigua amiga que canta como los dioses, y que solía andar detrás mío. La Andrea había tenido un matrimonio frustrado y siempre me llamaba con cariño. Aun me escribía correos como si el tiempo no hubiera pasado. La llamé, y quedamos de juntarnos en un restaurant en Viña. Esa noche la vi llegar con su muy simpático pololo (con un cuerpo que casi me hizo invitarlo a él a otra cosita) y la invité. Dijo que tenía que pensarlo. Hacía tiempo que una mujer no me dejaba esperando. Y me dijo que no, porque aunque le parecía que no había problema, el pololo le había dicho que no tenía ningún problema, pero la idea de que él pudiera después hacer lo mismo con una amiga, la molestaba. Entonces, siguió el sabio consejo de su abuela: “no hagas lo que no quieres que te hagan”. Más encima me dijo que no. Ley de Murphy, pensé.

Y me cansé de pensar y de buscar en mis agendas antiguas. En realidad el asunto no es para tanto, pensé, es una fiesta común y corriente, puedo ir solo, sentarme en una mesa a tomarme unos whiskys y cagarme de la risa de los que bailan mal, o a mirar algún trasero prometedor. Y no hay familia que no se reconozca como tal, con un tío o un primo de la onda. Inclusive podía llevarme más de una sorpresa.

En eso estaba, cuando entra a mi oficina mi ex - secretaria, y me pregunta: “¿qué vas a hacer el fin de semana”, y le respondo: “el sábado tengo un matrimonio y el domingo es mi cumpleaños”, “Ah! ¿qué quieres que te regale?”, “¿puedes ir conmigo al matrimonio?”, “mmm…no tengo ropa…, pero bueno ya”.
Me quedé helado.

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