Una Eva y Dos Adanes
A veces echo de menos muchas cosas. Amigos que ya no veo, amores que pasaron, o inclusive cosas que tuve. Pero a veces también echo de menos otras cosas, como sensaciones, situaciones, etc. Y he llegado a la conclusión que eso es lo que se echa de menos. Una conversación con ese amigo que ya no veo, esas caricias de ese amor que pasó, o ese sentido de propiedad de esa cosa que era sólo mía.
Recuerdo cuando me gustó la primera mina, esa sensación incómoda, ese dolor de guata, esa inseguridad acumulada. Recuerdo mi primera polola y la poca gracia de sus besos en el cine. Recuerdo mi primera pareja mina cuya alegría y risas adoraba, y su pasión por el baile y la música, que me hicieron aprender a quererla. Recuerdo que íbamos al César en Reñaca o a la Scala de Viña a bailar toda la noche, a reír sin siquiera tomar más que una cerveza.
Y luego vino el sexo. Irresistible, tierno, sensible y cálido. Bello. Su humanidad y pasión me protegían de algo que yo no quería ni siquiera pensar. Que tal vez yo buscaba algo diferente, aunque igual de intenso.
Ya los años pasaron, y mis parejas empezaron a tener más vellos y esas curvas cambiaron para convertirse en rasgos fuertes y con extensiones que sólo veía en mí. Y tal vez eso era lo que yo buscaba, la ambigüedad de una necesidad de protección mezclada con una necesidad de proteger, y todas esas cosas indescriptibles, indescifrables e indefinibles de alguien de mí mismo sexo. Y ese sexo que sólo dos personas del mismo sexo pueden tener.
Pero, a veces, la echo de menos, o más bien, las echo de menos, a todas las mujeres. Las situaciones, las risas, las alegrías de una amistad infinita y de un cariño que traspasa mi género. Una vez escuché decir: “Yo amo a la persona. Podría enamorarme tanto de un hombre como de una mujer”. Yo no estoy seguro. Es posible, porque el amor tiene mil formas. Pero un enamoramiento, de esos que te mueven el piso y te dejan marcando ocupado, creo que viene definido solo por tu orientación. Y tal vez el sexo (hablando del sexo como un todo, olor, sabor, acto, caricias, etc.) sea lo que cambie.
Y ni eso. El sexo con ellas es diferente. No creo que sea mejor ni peor. Sencillamente diferente. Y hay mujeres que son bellísimas. No hablo de una belleza tradicional, que todos podemos ver, sino de mujeres que tienen una sensualidad a flor de piel. Cuando vemos un hombre conocemos su sensualidad animal, fuerte, el cuerpo, su piel, su andar despreocupado, su actuar masculino. Y las mujeres tienen como ese opuesto que es una sensualidad delicada, movimientos graciosos, su cuerpo curvilíneo, su andar característico que mueve lo que no se ve pero se trasluce, y su mirada femenina. Esa femineidad que es exacerbada por los transformistas, que en ellas es propia. Las mujeres son seres de otro mundo.
Y por sobre todo, son nuestras amigas, la compañera ideal de nuestros bajones, las que nos dan la opinión certera, el comentario inusual, el pensamiento extraño. La otra cara. No serán tan expertas en los hombres como nosotros, pero ese hombro y ese apoyo es invaluable. Además que con ellas se puede bailar a más no poder sin preocupación, empatizan caleta con las viejas, y te tiran de vez en cuando ese comentario al pasar: “viste ese weón espectacular?. Me miró a mí”, y tú dices ”No, me miró a mí, seguro que es gay”.
A veces echo de menos eso, cuando no había que elegir. Sólo estabas con quién deseabas. Y lo que deseabas, podía ser tan sencillo como salir a bailar o a tomarse un trago. A veces pasar tiempo con una amiga es lo mejor que puedes hacer, porque nunca sabrás que se traen entre manos.
Por eso he decidido estrechar mis lazos con mis amigas y por qué no con sus pololos. Al final estamos ambos queriendo a la misma mujer. Aunque la intención sea diferente. ¿O no?.

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