Me Enamoré de un Hetero
Hace muchos años, cuando estaba en el colegio, me enamoré de un hetero. Fuimos compañeros desde 2º básico, pero no me percaté de su existencia hasta cuando se empezó a sentar a mi lado en 8º Básico. Era un tipo muy tímido y quitado de bulla, casi sin amigos, y muy conservador. Venía de una familia sectaria y era, más encima, muy machista. Pero tenía una cosa que me mataba. Fuera de su fornido cuerpo y serio aspecto, era un niño. Era un niño que deseaba ser protegido y querido. Yo igual creo que era un poco parecido a él, y nos convertimos en yuntas en cosa de días. Ya para 4º medio sólo nos separábamos cuando uno tomaba el bus (vivíamos en ciudades diferentes). Incluso uno de los recreos estaba reservado para estar con el otro. Nos reíamos, comíamos, conversábamos hasta altas horas de la noche, caminando por esas calles silenciosas de la V Región. Incluso hicimos planes para en un futuro trabajar juntos. Inclusive nos peleamos por la misma mina. Y los malditos celos. Su ferviente deseo de que yo fuera como él. Y era tan intenso todo, que a la menor razón se quebró. De ahí nos dejamos de ver tan seguido. Cada vez menos, hasta que no lo vi por años. Hasta cuando me vine a vivir a Santiago. Estaba en una micro intentando pasar con mi bolso por el repleto pasillo, cuando escucho una voz que me dice: “Maco”. Yo levanté la cabeza, a la vez que las piernas me temblaron. Ahí estaba, más pelado, pero tan peludo como siempre. Parecía un caballero. Blanco y con cara de desencantado. Sin embargo, sonrío y me dijo: “¿Cómo estás?”. “Bien, ¿y tú?”. “Me casé”. Me quedé helado. “¿Y qué tal?”, le respondí. Y con una pálida resignación, me contestó: “Bien”. Al rato, cuando se bajó de la micro, no pude evitar que se me cayeran un par de lágrimas. Y entonces recordé cuán protegido me sentía.
Hace unos años, cuando estaba en la universidad, me enamoré de un hetero. Entramos juntos a la carrera en una U al sur. Y ambos habíamos estudiado antes otras carreras por un par de años. Venía de una familia aclanada y liberal, pero él era el único machista y homofóbico. Y resultó que en su pensión sobraba una pieza y me fui a vivir allá. Al principio no éramos del mismo grupo de amigos, pero por la música empezamos a juntarnos más. Dos años después vivíamos en la misma pieza. Ambos hacíamos ayudantía para tener una entrada de dinero extra. Hacíamos clases particulares a dos primos. Y ambos teníamos beca de alimentación, así que almorzábamos juntos. Y aunque éramos muy diferentes, yo aprovechaba eso para conocerlo más. Es interesante cuando el otro es diferente. Pero tenía una cosa que me mataba. Aparte de su bien dotado trasero, era la persona más varonil que he conocido. No excesivo en los modismos, pero varonil en sus actitudes, su forma de resolver los conflictos, su facilidad para encontrar soluciones prácticas, fuera de toda sensibilidad. Siempre me encontró extraño y fue distante conmigo. Y pocas veces me demostraba cosas. Como cuando tuve un accidente, y nunca me fue a ver al hospital, pero después de años, a la orilla del mar en Horcón, me confesó que se sentía culpable por mi accidente. Todo irreal. Y más encima estaba llorando. Como que tenía mucho guardado. Luego de que salimos de la universidad se casó con su polola de años e hizo una bella familia con tres niños y un trabajo estable. Así que así nos dejamos de ver. Y hace un par de semanas en la reunión de compañeros de universidad me encontré con él. Estaba más redondo, pero con el mismo olor varonil de siempre. Acordamos que nos vendríamos juntos a Santiago, y al llegar a mi edificio esa madrugada, le dije que era gay. El se quedó helado por un momento. “¿Qué te voy a decir?”, dijo, “bien”. Y nos bajamos del auto y nos despedimos con un político abrazo. Entré a mi departamento y al cerrar la puerta no pude evitar que se me cayeran un par de lágrimas. Y entonces recordé cuán protegido me sentía.
Hace unos días, cuando estaba en la disco, se me acercó un tipo que me dijo que era hetero. Yo había llegado hace un par de horas y no lo había visto en toda la noche. Se me acercó y me hizo un salud. Yo le respondí caballerosamente. Y de nuevo se me acercó y me preguntó; “¿Eres gay?”. Le respondí que si. “Yo tengo un sexto sentido para estas cosas”, me dijo. “Si, seguro”, le contesté. Y andaba con un par de amigos a quienes saludaba desde lejos. Estereotipo de joven con polera sin mangas y pelo a lo Ballero. En esos momentos me preguntó sobre mi posición en la cama. Me quedé helado. Y sin inmutarse me confesó su afición a masturbarse con dildos. Y que le gustaría tener sexo con un hombre. Lo miré fijamente y le pregunté: “¿Estás seguro que no eres gay?”. “No”, me contestó. Y cerrando la conversación me alejé con mi trago en la mano. No pude evitar que se me saliera una sonrisa sarcástica.
Y entonces pensé cuanto han cambiado los heteros.

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